La súper "cala"

Son las siete y media de una tarde de verano y estoy acá sentado en el mirador Jorge Alessandri, justo arriba de Caleta Abarca, en el Cerro Castillo. El sol me encandila, mientras intento observar como las personas se divierten en la playa. Sin embargo, no puedo mirar como quiero, es que está la nueva súper “cala” frente a mí y me roba la atención. Como soy arquitecto, la mayoría de las manifestaciones artísticas, un simple paisaje, una vieja estatua o incluso la ciudad misma, me entretienen. La estructura, que quiere semejarse a una “cala”, es de color blanco y tiene una similar altura a las palmeras que están en el sector. Supongo que es una metáfora de una flor, obviamente no es una gigante. Más bien, parece un embudo que fue víctima del calor veraniego y perdió su forma original. Sí, es como un embudo semi aplastado. A simple vista, está en el centro de una plaza, o mejor dicho, lo que quiere ser una plaza. Ésta se ubica a un costado de la playa y a un costado de una avenida principal. Son de estas nuevas plazas, bien de moda: suelo de hormigón rodeado por escaleritas que van para acá y para allá; como si el hecho de estar en una plaza se redujese solamente a subir y bajar, sin ir a ningún lado. Existe en el urbanismo, queridos lectores, un principio básico y fundamental: “todo aquello que se coloca a un lado de una arteria principal no funciona”. Salvo, claro, que el panorama que ofrezca el sector sea verdaderamente interesante y atractivo. En este caso, la playa Caleta Abarca, a pesar de estar en esta condición desfavorable sí logra atraer gente, reúne y congrega a las personas. Toda una gracia. La “placita”, en cambio, no logra reunir ni congregar, o sea, no revierte la situación desfavorable por ubicarse ahí. Al menos yo, que paso todos los días por ahí, ya sea desde Recreo o por la plaza misma, nunca he visto a mucha gente por ahora. Desde ahí viene mi reflexión. Quizás si la imitación de cala hubiese sido otra cosa, con otro sentido y significado para el lugar, regalaría vida al terreno de cemento. Porque -y por favor amigo lector entiéndame bien- ese es el objetivo de este tipo de lugares, darles un destino público y no tan sólo que funcionen como adorno para que aparenten algo que no son. En este sentido la “cala” pudo haber sido perfectamente un “copihue” gigante, una “araucaria” o cualquier otra cosa. Sin embargo, es una “cala”; una triste representación de algo que a nadie le interesa y menos representa. Unos de esos “bichos” que de tanto en tanto florecen y que entorpecen el destino de algunas partes de la urbe viñamarina. Creo que esa debió ser la misión: ser un aporte real para el lugar, llenándolo de algún significado y, por qué no, constituirse en el hito que demarcara la entrada a Viña del Mar desde Valparaíso o viceversa, la salida de la Ciudad Jardín, yendo hacia el puerto. Ni menos, ni más. No se pedía que fuera algo espectacular o algo ostentoso, sino un elemento simple y entendible para toda la ciudadanía, de tal modo que conformara una unidad con la playa y le otorgara a ésta una identidad única diferenciándola del resto, reforzando su imagen en la mente de cada uno de los habitantes que gustan de disfrutar del mar. La sigo mirando y se me ocurre que ya no es ni una cala ni un embudo, sino una antorcha gigante que se chamuscó o que nunca se pudo encender.

***** Texto publicado en "La Otra Voz" (Viña del Mar - Chile) el día 10 de febrero de 2010 *****


Un abrazo,
Iván Henríquez
Arquitecto
Viña del Mar


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