martes, 26 de enero de 2010

¿En qué aporta el Sheraton Miramar a Viña del Mar?

Para partir me gustaría aclarar que una obra de arquitectura tiene la posibilidad de significar muchas cosas para un lugar. Así, bien puede constituir un hito urbano, que más allá de su uso propio, represente un referente de ubicación para el común de la gente. “Vivo al frente del edificio de los balcones azules y amarillos”, dicen algunas personas. Y claro, es normal. También puede ser una particularidad en sí misma por el uso cotidiano para la comunidad: “voy a la Iglesia, voy al teatro municipal”. Otra posibilidad es que la amalgama de usos diversos y el carácter propio de la obra generen un polo de atracción, por ejemplo, el Mall. Este listado, obviamente, puede ser más extenso mientras más complejo sea el grado de minuciosidad con que se mire al objeto en cuestión. Sin embargo, lo que comparten como principio netamente arquitectónico, es la oportunidad de la que goza la obra de intervenir en el espacio público de un modo “bueno” o “malo”, dependiendo del punto de vista estético y funcional. Así pasa algunas veces, como cuando vemos mejorar un barrio a partir de una correcta planificada estructura u obra, como lo podría ser la implementación de una plaza en un entorno carente de espacios públicos de calidad. O a la inversa, cuando un barrio empeora por culpa de una intervención sin criterio, debido a intereses comerciales, en vez de ser un plus, finalmente destrozan un barrio en pos de un mal entendido desarrollo habitacional. Para seguir con este último caso me voy a referir a un edificio que salta a la vista en Viña del Mar y que tiene muchas de las características antes mencionadas: el hotel Sheraton Miramar, aledaño a la playa Caleta Abarca y frente al clásico Reloj de Flores. El hotel está emplazado en un lugar privilegiado. No hay duda de eso. Aunque en el sector prácticamente cualquier recinto “queda bien” (salvo que el proyecto fuera una monstruosidad), pues el lugar tiene virtudes propias. Ahora bien, es un sitio estratégico y vital dentro de la ciudad, por ende, de suma importancia. Este carácter clave que tiene otorga a que todo ciudadano debiese exigir que diese a su entorno cercano más beneficio que perjuicios. Es decir, que sea un bien que aporte al espacio público, que lo desarrolle y que exalte su paisaje. Me refiero a un bien como un “donativo” –por decirlo de alguna- per se del edificio a la urbe viñamarina. Algo así como una relación recíproca beneficiosa, donde el hotel, como marca, goce de uno de los mejores terrenos de la Ciudad Jardín, y éste a su vez, “regale” por ética un bien a la comunidad. ¿Cuál es el sentido de plantear esto? Simple: si usted lector va a la playa Caleta Abarca y se pone a tomar el sol apreciará el hotel Sheraton Miramar. También verá cómo este edificio se posa sobre la playa a través de un zócalo de hormigón: no olvide jamás que la playa es un espacio público tan suyo como mío. Este hecho, el tocar sólo un trozo de espacio público es sumamente importante: el zócalo en cuestión, que a simple vista parece una resultante del proyecto no lo es, o mejor dicho no lo debiese ser, ya que interviene un espacio de todos los ciudadanos (insisto, tan suyo como mío). No debiese ser sólo una resultante, porque el paisaje se ve profundamente afectado por este murallón, que bien recuerda alguna parte del “führer búnker” y aun más, rememora algún muro exterior de una cárcel, o bien, cualquier muro tipo hormigón, lo que contamina visualmente. Qué diferente hubiese sido el muro como soporte de un hermoso mosaico o con una caída de agua como la del Centro Cultural Palacio de La Moneda, o que estuviese pintado con una magnífica composición abstracta para que los bañistas disfrutasen del hotel, estando fuera de éste (a esto me refería con una la relación beneficiosa reciproca). Creo que debemos de una vez por todas meternos a fondo en la cabeza que las urbes, y sus costas, son un bien apreciado por todos, residentes y afuerinos, y los “detalles” deben ser pensados para todos, lejos de las egoístas ganancias monetarias. Sin embargo, muchas veces estos “detalles” no son considerados y son pasados por el aro. Al contrario, cuando éstos son proyectados con respeto por el bien general todo resulta mejor. Hay que aprender que la arquitectura es para todos y no para algunos.

***** Texto publicado en "La Otra Voz" (Viña del Mar - Chile) el día 26 de enero del año 2010 *****


Un abrazo,
Iván Henríquez
Arquitecto
Viña del Mar


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